Mérido Torres: persistencia, estructura y retorno en la arquitectura política del cambio

En la política dominicana, donde las coyunturas suelen imponerse sobre las trayectorias, hay figuras cuya constancia termina definiendo no solo su destino personal, sino también la forma en que se construyen proyectos colectivos. Mérido Torres Espinal es una de ellas. Su reciente designación como director ejecutivo del Departamento Aeroportuario, mediante el decreto 552-26, no solo marca un retorno a la administración pública, sino que abre una nueva etapa en una carrera política caracterizada por la estrategia, la lealtad y la capacidad de estructurar poder desde la base.

Hablar de Mérido Torres es, inevitablemente, remontarse al proceso de gestación del proyecto político del presidente Luis Abinader. Mucho antes de que el Partido Revolucionario Moderno (PRM) consolidara su hegemonía electoral, Torres formó parte de ese núcleo de actores que entendieron que el triunfo no dependería únicamente de la estructura partidaria tradicional, sino de la articulación de un “sector externo” capaz de conectar con segmentos sociales no orgánicos al partido.

Fue en ese terreno —menos visible, pero determinante— donde su liderazgo adquirió mayor relevancia. En demarcaciones clave como Santo Domingo Este, Torres impulsó la apertura de locales, oficinas políticas y espacios de encuentro ciudadano que funcionaron como nodos de movilización, captación y fidelización de simpatizantes. No se trataba solo de infraestructura física, sino de la creación de una red de apoyo político que rompía con los esquemas convencionales de militancia.

Ese trabajo silencioso, pero efectivo, contribuyó a cimentar una base electoral que luego sería decisiva en los procesos electorales. Mientras otros apostaban a la dinámica tradicional del partido, el sector externo promovido por Torres permitió ampliar el alcance del proyecto de Abinader, incorporando sectores independientes, profesionales, comunitarios y jóvenes que no se sentían representados por las estructuras políticas clásicas.

Su trayectoria profesional, además, ha estado respaldada por más de tres décadas de ejercicio en el derecho, con especialización en áreas civil, administrativa y corporativa. Egresado de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), ha ocupado funciones relevantes como procurador adjunto de la Corte de Apelación de Santo Domingo, consultor jurídico de la Alcaldía del Distrito Nacional y asesor de instituciones municipales. A esto se suma su paso por la dirección ejecutiva de la Unidad Técnica Ejecutora de Titulación de Terrenos del Estado (UTECT), donde impulsó procesos orientados a garantizar seguridad jurídica a miles de familias dominicanas.

No obstante, su carrera también ha enfrentado momentos de tensión. En 2023, solicitó una licencia de la UTECT luego de que su nombre fuera mencionado en el expediente de la Operación Calamar. Posteriormente, el presidente Abinader emitió el decreto 159-23, designando a Duarte Méndez Peña como director interino. En ese contexto, Torres defendió su integridad, denunció una campaña de difamación y expresó su disposición de colaborar con cualquier investigación. Ese episodio, lejos de apartarlo definitivamente de la vida pública, se convirtió en una prueba de resistencia política.

Su retorno a un cargo directivo en el Estado no solo representa una reivindicación personal, sino también una señal política. En un sistema democrático, la capacidad de reinsertarse en la gestión pública tras momentos de cuestionamiento implica, además de confianza institucional, una validación de la trayectoria acumulada.

Al asumir la dirección del Departamento Aeroportuario, bajo la juramentación del ministro de Obras Públicas, Eduardo Estrella, Torres ha dejado claro su enfoque: continuidad con mejora. Reconociendo la labor de su antecesor, Víctor Pichardo, ha planteado una visión basada en el trabajo en equipo y en el fortalecimiento del sistema aeroportuario nacional, un sector estratégico para el desarrollo económico, el turismo y la conectividad del país.

Pero más allá de la función administrativa que hoy asume, el valor político de Mérido Torres radica en su capacidad de entender que los proyectos de poder no se sostienen únicamente desde el Estado, sino desde la construcción permanente de legitimidad social. Su experiencia en el sector externo le otorga una ventaja singular: conoce el pulso de la calle, la lógica del liderazgo comunitario y la importancia de conectar con una ciudadanía cada vez más exigente y menos partidista.

En un escenario político donde los desafíos del presente demandan liderazgo con visión de futuro, la figura de Torres invita a una reflexión más amplia: la política dominicana necesita, cada vez más, de estrategas que sepan combinar estructura y apertura, institucionalidad y cercanía, gestión pública y construcción social.

Su historia no es solo la de un dirigente que regresa, sino la de un actor que ha sido parte de la arquitectura de un proyecto político desde sus cimientos. Y en esa doble condición —constructor y gestor— reside su principal fortaleza.

El tiempo, como siempre, será el juez definitivo. Pero si algo ha demostrado Mérido Torres es que en política, la persistencia, cuando se combina con estrategia y convicción, termina encontrando su espacio en la historia.


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