El peso vale menos, pero el dominicano puede comprar más

En estos días vi una entrevista en la que se señalaba que el peso dominicano se había devaluado o había perdido alrededor del 98 % de su valor durante los últimos cuarenta años. El dato ciertamente impresiona y, presentado de manera aislada, podría llevar a cualquiera a pensar que los dominicanos somos hoy muchísimo más pobres que hace cuatro décadas.

Pero la economía no funciona de esa manera.

Lo primero que debemos aclarar es que ese 98 % al que se hace referencia no representa exactamente una depreciación del peso frente al dólar, sino la pérdida acumulada de su poder adquisitivo producto de la inflación. Es decir, con cien pesos de 1984 se podían comprar muchas más cosas que con cien pesos de hoy.

Eso es absolutamente cierto.

Lo que sería incorrecto es tomar ese dato y, a partir de ahí, concluir que hemos retrocedido económicamente como sociedad.

Porque mientras el peso ha perdido valor nominal, la economía dominicana ha crecido, los ingresos han aumentado, nuestra estructura productiva se ha diversificado y el dominicano promedio tiene hoy acceso a una cantidad y variedad de bienes y servicios que resultaban inimaginables para una familia común de los años setenta u ochenta.

Ese es el elemento que muchas veces se deja fuera del análisis.

El valor del dinero no puede analizarse aislado del ingreso

Para entenderlo de manera sencilla, imaginemos una persona que hace cuarenta años ganaba RD$300 mensuales y podía comprar determinado conjunto de productos.

No tendría mucho sentido comparar esos RD$300 con RD$300 actuales y concluir que aquella persona tenía más capacidad económica, porque los salarios, los precios y toda la estructura productiva eran completamente diferentes.

La pregunta correcta no es simplemente cuánto compraba un peso, sino cuánto podía comprar una persona con los ingresos que generaba en ese momento.

Son dos cosas distintas.

En economía existe precisamente el concepto de ingreso real, que procura determinar cuánto puede adquirir una persona después de descontar el efecto de la inflación. Y existe también la medición del PIB per cápita ajustado por paridad de poder adquisitivo, que permite aproximarnos mejor a la capacidad económica real de una población.

Cuando observamos esos indicadores, la historia dominicana cambia radicalmente.

Según datos del Banco Mundial, el PIB real per cápita de la República Dominicana, medido por paridad de poder adquisitivo y a precios constantes, pasó de aproximadamente US$7,328 en 1990 a más de US$24,000 en 2024.

En otras palabras, la producción real por habitante se ha multiplicado por más de tres.

Esto no significa que todos los dominicanos sean tres veces más ricos, porque el crecimiento nunca se distribuye exactamente de la misma manera entre toda la población. Pero sí demuestra algo fundamental: no somos una economía que se haya empobrecido durante esas décadas. Todo lo contrario.

La República Dominicana de 1984 no es la República Dominicana de hoy

Hay que recordar el país que éramos hace cuarenta años.

Nuestra economía era mucho menos diversificada, el sistema financiero era considerablemente más pequeño, el turismo apenas comenzaba a desarrollarse, las zonas francas tenían una dimensión muy inferior, las telecomunicaciones eran limitadas y una gran cantidad de los servicios que hoy generan cientos de miles de empleos prácticamente no existían.

Hoy tenemos una economía sustentada en múltiples motores: turismo, construcción, comercio, zonas francas, manufactura, telecomunicaciones, servicios financieros, transporte, actividades inmobiliarias, minería, agricultura y una extensa economía de servicios.

El propio Banco Central muestra actualmente una estructura económica donde conviven sectores que hace cuarenta años tenían un peso mucho menor o prácticamente no formaban parte de la vida cotidiana del dominicano.

Eso significa más actividades económicas, más especialización, más oportunidades de generar ingresos y mayores posibilidades de consumo.

También ha cambiado lo que consume una familia dominicana

Existe otro elemento que me parece fundamental.

No solamente ganamos cantidades nominalmente mayores de dinero. También tenemos acceso a bienes y servicios que antes eran escasos, extremadamente costosos o sencillamente inexistentes.

Pensemos en un hogar dominicano promedio de principios de los años ochenta.

¿Cuántos hogares tenían varios televisores?

¿Cuántos tenían dos vehículos?

¿Cuántos tenían aire acondicionado?

¿Cuántos podían comunicarse instantáneamente con familiares en Estados Unidos o Europa?

¿Cuántas familias podían viajar regularmente?

¿Cuántos jóvenes tenían acceso inmediato a universidades, plataformas educativas, servicios bancarios, tarjetas de crédito, teléfonos inteligentes, internet, entretenimiento internacional y cientos de otros bienes y servicios?

La comparación económica entre generaciones no puede hacerse simplemente poniendo RD$100 de 1984 frente a RD$100 de 2026.

Hay que comparar la capacidad productiva y de consumo de ambas sociedades.

Y esa comparación arroja un resultado completamente diferente.

Una moneda que pierde valor no significa necesariamente una sociedad que se empobrece

Aquí está quizás la parte más importante de la discusión.

Todas las economías modernas experimentan inflación en mayor o menor medida.

También el dólar estadounidense ha perdido una parte enorme de su poder adquisitivo durante el último siglo. Sin embargo, sería absurdo concluir por esa razón que el ciudadano estadounidense promedio vive peor hoy que en 1950.

Un automóvil cuesta muchas veces más dólares que hace setenta años. Una vivienda también. Un salario también.

Lo importante es observar cómo han evolucionado simultáneamente los precios, los ingresos, la productividad y el acceso a bienes y servicios.

Lo mismo ocurre con República Dominicana.

Eso no significa que la inflación sea buena.

No lo es.

Una inflación elevada afecta particularmente a los sectores de menores ingresos, castiga el ahorro en moneda nacional, genera incertidumbre y puede deteriorar seriamente el salario real.

Tampoco debemos minimizar la importancia de mantener la estabilidad cambiaria y monetaria.

Pero una cosa es advertir sobre los efectos negativos de la inflación y otra muy distinta utilizar cuarenta años de inflación acumulada como prueba de que una sociedad se ha empobrecido.

Los propios indicadores contradicen esa conclusión

El Banco Mundial ha señalado que durante las últimas dos décadas la economía dominicana creció a un ritmo aproximadamente tres veces superior al promedio de América Latina y que cerca de 3 millones de dominicanos salieron de la pobreza.

También señala que la clase media dominicana ya supera numéricamente a la población en condición de pobreza.

Eso no describe una economía que haya perdido 98 % de su capacidad económica.

Describe una economía que, con todas las desigualdades, debilidades y problemas estructurales que todavía arrastra, ha avanzado considerablemente.

Y reconocer ese progreso tampoco significa ignorar nuestros problemas.

Seguimos teniendo salarios que deben crecer más, una productividad que necesitamos elevar, servicios públicos que debemos mejorar, desigualdades que debemos reducir y una economía informal demasiado grande.

Pero una evaluación seria debe reconocer simultáneamente las dos caras de nuestra realidad.

El peso vale menos; República Dominicana produce mucho más

Por eso considero engañoso analizar cuatro décadas de historia económica dominicana mirando exclusivamente cuánto poder adquisitivo conserva un peso emitido en 1984.

Claro que ese peso vale muchísimo menos.

Pero el dominicano tampoco gana hoy los mismos pesos que ganaba en 1984, ni produce los mismos bienes, ni consume los mismos servicios, ni participa en la misma economía.

Tenemos una economía mucho más grande, diversificada y sofisticada.

Tenemos mayores ingresos reales por habitante.

Tenemos una clase media más amplia.

Tenemos mayor acceso al crédito, a la vivienda, al transporte, a la educación, a las telecomunicaciones, al turismo, al entretenimiento y a bienes que hace cuarenta años estaban reservados para segmentos muy pequeños de la población.

Por tanto, decir que el peso ha perdido más del 98 % de su poder adquisitivo puede ser estadísticamente correcto.

Lo que no sería correcto es convertir ese número en sinónimo de que el dominicano ha perdido 98 % de su bienestar o de su capacidad económica.

Son dos discusiones completamente diferentes.

Las monedas se miden en unidades. El progreso de una sociedad se mide por lo que sus ciudadanos son capaces de producir, generar, adquirir y disfrutar con su trabajo.

Y si esa es la vara que vamos a utilizar, la República Dominicana de hoy, con todos los desafíos que todavía tiene pendientes, es indiscutiblemente una sociedad con mucha mayor capacidad económica y de consumo que la República Dominicana de hace cuarenta años.


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